Cuando Sartori habla de la video-política se refiere a uno de los múltiples aspectos del poder del video, esto es, el poder del video para incidir en los procesos políticos ya sea a la hora de definir que se entiende por político o como gestionar la política (Sartori, 2002:66). Sartori es de la opinión que un demos fuerte se construye sobre conocimientos sólidos, a saber, un demos fuerte es un demos que sabe, no que tiene opiniones únicamente.
Así las cosas, el diagnóstico de Sartori es que el pueblo opina conforme la televisión le induce a opinar. No existiría, según Sartori una opinión pública genuina construida desde el pueblo y sobre los temas de interés público. Hay quines podrían rebatir esto diciendo que en la mayoría de las democracias actuales se protege la libertad de prensa y la libertad de expresión en general con lo cual sería un despropósito pensar que la opinión de los ciudadanos está manipulada por los medios, ya que estos son precisamente, el paladín de la libertad de expresión.
Que exista libertad para opinar no significa saber acerca de los temas sobre los que se opina. En otras palabras, no siempre el pluralismo informativo significa mayor y mejor información. Con el agravante de que estar informado no significa conocer la información. Sobre estos puntos hay una confusión y esto tendría que ver con la misma naturaleza de la imagen.
Sabemos que la imagen se caracteriza por mostrarnos el aquí y ahora de un fenómeno. Quien ve una imagen en vivo y en directo tiene la sensación de estar en el lugar de los hechos. Si la imagen se vuelve creíble es porque hay una confianza de que existe aquello que se ve. Es si se puede ver. Así se fue forjando la autoridad de la imagen. Lo que sucede es que la imagen es arrasadora porque destrona a los líderes intermedios de opinión dejando a la audiencia incapaz de decidir a quien creerle y a quien no (Sartori, 2002:71).
La imagen crea una multiplicidad de líderes, que en realidad no son tales porque la televisión le atribuye un peso desproporcionado a sujetos que no tienen autoridad, porque no conocen de lo que hablan, y que sin embargo pueden opinar acerca de todo. Lo que hace la televisión es privilegiar el testimonio de extravagantes o estrafalarios que por la carga valorativa de sus palabras o por lo polémico de sus declaraciones son enaltecidos y filmados por una televisión que privilegia lo frívolo y fatuo. Estos sujetos lejos de ser una autoridad sobre los temas acerca de los que opinan, son presentados como tales y por ende la televisión crea la apariencia de que éstos realmente saben acerca de lo que hablan. En otras palabras, son elevados a la posición de líderes de opinión cuando de hecho no lo son.
No resulta difícil pensar, al igual que Sartori, que la democracia representativa, se caracteriza por ser un gobierno de opinión y no un gobierno del saber. En consecuencia se trataría de un demos que ni delibera, ni participa en la construcción de la cosa pública y simplemente se limita a opinar. El mismo Platón señalaba que la opinión estaba a mitad de camino entre la completa ignorancia y el conocimiento. Opinar en sí mismo no es malo, siempre que se lo complete con una adecuada instrucción. Opinar no es saber. Esto es importante porque participar en la construcción de los temas de interés público no consiste únicamente en dar a conocer el parecer personal, sino además y fundamentalmente, saber resolver los problemas que plantea la agenda pública.
Esto se agrava cuando hay una creencia generalizada entre la ciudadanía de que los medios de comunicación son como instrumentos de mediación política, sobre todo teniendo en cuenta la crisis de representatividad que están atravesando los partidos políticos. En consecuencia, el diagnóstico parece ser los medios de comunicación se han convertido en un elemento constitutivo de las democracias porque muestran la realidad tal cual es, siendo esto sinónimo de confiabilidad y transparencia.
Ahora bien, la pregunta que nos surge es, ¿los medios de comunicación receptan los temas que le interesan y que le afectan al ciudadano? ¿O recepta algunos elementos aislados, solo aquellos que tienen potencia emotiva por su emotividad, su violencia o su excentricidad? En consecuencia, la otra pregunta que nos surge es ¿Cómo el ciudadano puede ampliar y mejorar su participación, si la opinión está moldeada desde los medios de comunicación? O peor, cuando la realidad está presentada y armada desde los medios.
Es en este punto donde resulta pertinente avanzar en la propuesta de un periodismo alternativo, como lo puede ser el periodismo cívico. Esto es, el ciudadano que debe formar un periodismo serio y comprometido es aquel con una suficiente capacidad crítica para discutir no solo aquellos temas que le interesan y que sin embargo no forman parte de la agenda de los periódicos, sino además es aquel que es capaz de discutir respecto de aquello que le propone la agenda setting, indagando como opera la manipulación informativa en las noticias que le muestran. En otras palabras, el ciudadano cívico piensa no solo en aquello que no se muestra, sino también en aquello que se muestra, pero con una mirada crítica.
Para criticar y construir, es necesario conocer y si estamos bajo el influjo de los medios de comunicación, será necesario conocer el lenguaje de los medios y superar el analfabetismo mediático, demandando y construyendo desde la ciudadanía, un mejor periodismo.
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