Diferencias entre periodismo de investigación y periodismo de actualidad.
Aunque ambos parten de la información, las diferencias son muy notables y tienen que ver con sus respectivas metodologías de trabajo.
• en el periodismo de actualidad se trabaja principalmente con personas de relevancia pública relacionadas con los cauces o fuentes habituales, mientras que en el periodismo de investigación se realiza con personas conocidas o no pero los datos son de relevancia.
• la iniciativa parte de esas fuentes oficiales, que de forma voluntaria e interesada suministra esos datos. Esas fuentes son atribuibles. En el periodismo de investigación, el punto de partida es precisamente el rechazo sistemático de las fuentes oficiales.
• el periodista espera a que los hechos sucedan y entonces se convierte en transmisor de la noticia. En el periodismo de investigación, el periodista se adelanta a los hechos, genera la actualidad de eso que estaba oculto.
• normalmente la información de actualidad la conoce el resto de los medios, aunque a veces se trabaja con exclusivas. En el Periodismo de investigación los textos son siempre exclusivos del medio, y el periodista no los publica de primera sino que busca ampliar esa pista o información para seguir con la investigación.
• en el periodismo de actualidad el ritmo de trabajo viene impuesto por la planificación diaria y el horario de cierre. Cada día completa un ciclo productivo. En el periodismo de investigación, la actualidad no es un fin sino un medio que pueda servir de pista del mismo modo que la rutina no determina el trabajo. El investigador trabaja sabiendo de antemano el tema que va a trabajar.
Mientras el periodismo de actualidad se pregunta ¿esto interesa a los lectores? el periodismo de investigación sería ¿va esto en contra del interés de los lectores?
Periodismo cívico y construcción ciudadana
El periodismo cívico o periodismo público es más que una nueva modalidad profesional para el tratamiento de la información. No se le puede confundir con un método o con una de tantas innovaciones que de vez en cuando se dan en el campo periodístico, ni entenderlo como una estrategia para captar audiencias. Sus propósitos son mucho más de fondo. En realidad, se trata de una sugestiva invitación a traspasar las fronteras del periodismo tradicional y a involucrarse en la esfera de la deliberación pública, en vez de quedarse en el registro de los hechos que otros producen. Como dice Jay Rosen : ya tenemos información, ahora lo que nos hace falta es democracia. En este sentido, hace una pregunta clave : ¿para qué nos ocupamos de informar a un público que quizás ni siquiera existe ? Lo primero que se debe hacer es construir el público. El periodismo informativo presupone la existencia de una esfera pública funcionando, en la cual los asuntos comunes son continuamente reconocidos y discutidos. Por ello se piensa que es suficiente con presentar noticias, añadir algunos testimonios, publicar editoriales y hacer entrevistas a los funcionarios.
El periodismo exclusivamente informativo está basado en el modelo filosófico liberal. Sobre la premisa de que la información es vital para el funcionamiento de la democracia, se crearon los mitos de la objetividad, el distanciamiento, la ausencia de un modelo político explícito, la falta de compromiso y demás rasgos de la formula liberal de la información que desde hace ya casi dos siglos han sido considerados “principios sagrados” del periodismo. Y sí. La información es vital para la democracia, pero no sólo es insuficiente sino que los procedimientos para recabarla y difundirla pueden llegar a producir el efecto contrario al de la causa democrática : cinismo, indiferencia, confusión, abstencionismo, privatización, apatía.
Subsidiaria de las concepciones de la filosofía política, la idea de interés público informativo, por ejemplo, no se construyó dentro de una cultura profesional periodística, que en el siglo XVIII no existía, y por lo tanto aunque la naciente prensa de carácter marcadamente político, en la época de la ruptura con el poder absolutista jugó un papel importante, no puede pensarse que se constituyó como una esfera autónoma de la política, así como tampoco hoy se puede admitir que la profesionalización de las labores informativas exime al periodismo de responder por un modelo de vida en sociedad, cualquiera que éste sea.
El periodista liberal trató de dar respuesta a ciertas demandas que en el campo informativo se tradujeron inicialmente en la libertad de pensamiento y de opinión. De ahí la proliferación, en el siglo XVIII, de pequeños periódicos, gacetas y hojas informativas que estaban atravesados por la idea de sacar los asuntos públicos de los palacios y comenzar a construir aquello que algunos filósofos políticos han llamado el uso público de la razón desde ámbitos privados.
La libertad en el periodismo tuvo que ver con la posibilidad de dar cauces a una naciente razón pública a partir de la posibilidad de fundar periódicos y por lo tanto al pluralismo de tendencias ideológicas. Sin embargo, esa idea de libertad, vista desde la segunda mitad del siglo XX , es más procedimental que sustantiva. En las legislaciones de la mayoría de los países del mundo ya están incorporadas la
libertad de prensa y de empresa (la más fuerte, quizás), así como la de opinión, aunque desde luego persistan algunas interferencias al trabajo periodístico, que hoy más que del poder de los gobernantes viene del poder económico y de los propios compromisos ideológicos de los medios. Ahora lo que falta es compromiso social, algo que ni la formulación posterior del derecho a la Información ha contribuido a crear.
Pero tal vez lo más significativo es que el periodismo siguiera el modelo general de la teoría liberal de la ciudadanía, cuya crítica profunda hace Margaret Somers, al igual que del concepto de cultura política, porque excluye la participación del ciudadano en la toma de decisiones y porque coloca la opinión pública en el ámbito privado. Somers reclama la construcción de un tercer espacio que no ha sido teorizado : el ámbito de la ciudadanía. El trabajo de los movimientos sociales en los años 80 no fue aprovechado, según esta autora, con el fin de desmontar lo que ella llama el “metarrelato” de la teoría liberal de la ciudadanía y construir una desde la cual se piense a un ciudadano del alto perfil. “Ello ha sido denominado un ‘tercer’ espacio de movimientos sociales populares y de movilización colectiva, de redes informales y asociaciones, y de solidaridades comunitarias, que sustentan una vida pública participativa no simbolizada por el individualismo soberano del mercado ni por el Estado. En síntesis, se percibe como un ámbito de ciudadanía , al que muchos activistas e intelectuales han venido a llamar sociedad civil”.
Teniendo en cuenta este vacío teórico, se podría entender por qué desde los medios también se le apuesta a la figura del espectador más que a la del actor, descrita en forma detallada por Richard Sennett . Por eso Somers acaba remitiéndonos al republicanismo cívico como la opción más cercana a ese ciudadano participativo, aunque lo que ella propone realmente es una tercera esfera (diferente a la del mercado y a la del Estado), “que se centre en la participación y en las solidaridades y en un fuerte discurso sobre los derechos”, como la posibilidad real de desmontar el metarrelato de la teoría liberal de la ciudadanía y para crear un nueva cultura política. La crítica de fondo que Somers tiene para la teoría liberal es el desfase entre la construcción teórica y el mundo empírico, cuestión sumamente aplicable a la reflexión sobre el periodismo, que justamente se ocupa del relato de los acontecimientos. ¿Cómo construir desde el periodismo ese ciudadano si lo hace sobre el modelo de semejante teoría ?
Si la opinión pública está en el ámbito privado según este pensamiento, no es extraño tampoco que no se haya resuelto la dicotomía fundamental en el campo de los medios de comunicación : el dilema del servicio público que deben prestar y el sistema de propiedad privada sobre los medios. Históricamente se garantizaron la libertad de prensa y de empresa y este es un derecho que recae fundamentalmente sobre los periódicos, que han sido y son de propiedad privada, problema que se amplía ahora con la privatización sustancial de la televisión. Era justamente en la prensa en donde debía configurarse el concepto de interés común, entendiendo la información como un bien público y ligando su difusión con el objetivo de hacer transparente lo público.
El énfasis del modelo liberal de la información en la fiscalización y la crítica del poder político como privilegiado sentido de lo público desde los medios, creó un esquema de oposición sistemática, de desconfianza en las funciones públicas del Estado. Si bien es cierto que en ocasiones esa desconfianza ha permitido la defensa de la transparencia de lo público, también lo es que la figura del “watchdog”, como la llaman los norteamericanos, y en general la propia figura de la fiscalización no están exentas de la expectativa frente a unos resultados de esa postura, ya sea renuncias políticas, acciones judiciales o legislativas. Esta es una de las razones por las cuales no se puede afirmar que el periodismo que se cree depositario de la “objetividad” trabaje sin un modelo del buen gobierno y del buen ciudadano, así como del bien común. Como si esto fuera poco, ese esquema no sería defendible ni siquiera desde el punto de vista de un distanciamiento frente al poder político, ya que en las sociedades contemporáneas y con el desarrollo que ha alcanzado el sector de las comunicaciones, habría que marcar esas distancias frente al poder económico, expresado principalmente por la vía de los monopolios de la información. .
Crítica al objetivismo
Tal vez, de todos los elementos de la construcción teórica del sistema informativo liberal, el de la objetividad, es el que más profunda influencia ha tenido y sigue teniendo en la definición de las funciones públicas de la información en los medios de comunicación. Criticada por los periodistas cívicos y definida como objetivismo, esta idea que adquirió el carácter de doctrina, moldeó de manera contundente las labores de los periodistas y permeó la formación de periodistas en las universidades. De ahí surgió aquel dogma de la información como “espejo de la realidad” y la necesidad de crear unos moldes informativos llamados géneros periodísticos que dieran buena cuenta de ella. De esos géneros, a no dudarlo, el que adquirió mayor importancia fue la noticia y sobre ella gravita aún la actividad informativa
En síntesis, a pesar de que los aportes de la filosofía política son invaluables, al periodismo le quedó una asignatura pendiente. A ello puede deberse el extrañamiento que a menudo suele mostrar frente a lo público. Aunque de manera genérica se atribuyeran en el pasado vitales funciones a los medios en el ámbito de lo público, hoy podemos afirmar que no haber construido el concepto de interés público informativo y que la formación de públicos en el sentido de grupos conscientes y con cultura política, quedara al acaso y posteriormente se viera obnubilada por las técnicas periodísticas cuyos formatos fueron constituyéndose en el mensaje principal, contribuyó, sin duda, a la creación de espectadores más que de ciudadanos : el lector consumidor pasivo de información, aunque no tan esclavo de la influencia de los medios como pretendieron los primeros estudios sobre los efectos de los mensajes.
Construcción de ciudadanía
La principal idea que está en juego con el periodismo cívico es la del proyecto político que lo sustenta. En este caso sí se reconocen funciones explícitas en torno a un modelo de democracia que se acerca más a la participación ciudadana que el inconfesado sistema liberal, el cual se pretendía neutral. Aunque se trate de una propuesta que aún se está construyendo, se reconoce en el periodismo cívico un perfil que no sólo se ocupa del concepto de interés público informativo sino que amplía su ámbito al de la concepción general de la vida en sociedad.
El movimiento que surgió hace 10 años en Estados Unidos fue planteado desde la perspectiva de las responsabilidades que le competen al periodismo en la creación o en la revitalización de la vida pública. Las ideas de Dewey, Habermas, Arendt y Rorty, entre otros, sirvieron para configurar la filosofía del periodismo cívico. El ciudadano de esta construcción es de corte clásico, en el sentido de que se define políticamente y guarda reminiscencias de un pasado en que se tenía mayor claridad de las responsabilidades cívicas. Parte de la premisa de que no es suficiente con una buena información para reanimar el debate público : al ciudadano hay que interpelarlo para que participe.
Una de las primeras preguntas que podría plantearse es si el periodismo cívico trata de revivir las funciones originarias del periodismo, aquellas que el propio Habermas señala como uno de los momentos de coincidencia en el espacio público burgués entre los intereses públicos de una naciente prensa privada en una sociedad toda emancipada del poder absolutista, o si estamos frente a un cambio radical de los principios liberales sobre los cuales se ha sustentado la teoría de la información y la actividad periodística, la vigencia de los cuales podría estar obstaculizando la existencia de una verdadera esfera pública a partir de unos modelos informativos que no contribuyen a potenciar la capacidad deliberativa de los ciudadanos. Dejando a un lado si el ciudadano realmente tiene esas capacidades o si está siquiera interesado en explorarlas, el punto es que parece que estamos frente a un interrogante que se enraiza en los grandes temas de la filosofía política y que deberá pensarse en las profundas, aunque tanto tiempo negadas, relaciones entre política y periodismo.
En principio, es grande la tentación de inclinarse a creer que el periodismo cívico constituye una especie de revitalización de esas funciones asignadas al periodismo desde la filosofía liberal, promoviendo la clase de diálogo social y de ciudadano propios de este modelo, pretendidamente participativo, pero a la postre espectador y consumidor pasivo de información. Pero, ¿por qué esta inclinación ? En principio, porque al menos tiene una tradición teórica. Desmontar los principios liberales de la información en favor de unos que favorezcan otro tipo de relaciones con las audiencias, fomentadas por un periodismo cuya agenda sea participativa, que promueva la deliberación y la acción pública, que admita que el periodismo es un actor y no solamente un relator de la vida social, nos llevaría a caminos aún poco explorados, que quizás tendrían más que ver con la sociedad de la comunicación que con la de la información o con posturas epistemológicas tan exigentes como la emprendida por Margaret Somers.
Christopher Lasch dice que la argumentación es más importante que la información, que generar debate público es de mayor trascendencia que simplemente ofrecer datos. Pero lo que el periodismo cívico pone de relieve es que hemos tenido una especie de complejo histórico al querer tapar el pasado político del momento de creación de los periódicos. De ese “oscuro” pasado se quiere olvidar la formidable dimensión política que tuvieron los periódicos, sus niveles de compromiso y el dinamismo que pudieron imprimirle al diálogo social que después se convirtió en palabras huecas. Es posible que la no muy lejana partidización de los periódicos y posteriormente del conjunto de los medios de comunicación (de eso sí que sabemos aquí en Colombia) haya incidido en la deliberada opacidad que se le ha dado a ese aspecto. Pero negar esa parte de la historia ha contribuido a un tiempo a reforzar el objetivismo con todo su potencial ideológico, y ha debilitado las relaciones de fondo entre política y periodismo, que por el contrario, deberían ser más visibles y objeto de permanente discusión pública.
No deja de resultar paradójico el hecho de que ocupándose de lo que , también en la categoría casi de slogan hoy se llama “interés público informativo”, al mismo tiempo se insista en negar que ese mismo concepto es y debe ser construido desde un modelo político de sociedad, que ahí no entra en juego la “objetividad”, que por sí solos los hechos como materia prima del modelo informativo no son asépticos y que en términos de ética pública justamente se trata de hacer visibles los actores que inciden , las razones desde las cuales se construye y los modos en que se manifiesta ese interés público. Jay Rosen hace a los periodistas la pregunta crucial : “Como constructores de esfera pública, ¿pueden los periodistas continuar operando sin una filosofía pública ?”
Lo que verdaderamente resulta inquietante es que se haya sepultado esa dimensión política mientras de hecho se ha reforzado la partidización de los medios, que deriva en un empobrecimiento de la información misma y obviamente del debate público en general. Con partidización hacemos referencia no a que sean periódicos de propiedad de los partidos políticos sino a las ideas que defienden aún a veces en contra del debate público de las ideas, especialmente en momentos en que ese debate debería ser más abierto a todos los sectores, pero de modo enfático para los ciudadanos : el momento electoral. No en vano la mayoría de los proyectos de periodismo cívico en Estados Unidos son de carácter electoral y han pretendido cambiar la ecuación : de temas de campaña a temas de gobierno, con lo cual se intenta la democracia más como contenido que como forma y se pretende involucrar al ciudadano en un debate público sobre los temas importantes para la ciudad y no sobre lo que los conductores de campaña quieren que los ciudadanos piensen en términos de rentabilidad electoral.
¿Por qué hacer semejantes cambios en los valores tradicionales del periodismo tales como la distancia frente a los temas, la falta de compromiso con los hechos, la “objetividad” perseguida aún como meta ? Hay varias razones que lo justifican, entre ellas una de las más importantes es la de la brecha entre el mundo de los periodistas y el mundo de los ciudadanos en términos de agendas. Los medios, en el supuesto de estar representando los intereses de sus lectores, no han hecho más que alejarse de ellos por la selección de temas que no los tocan en sus intereses cotidianos y los temas seleccionados no se están enmarcando desde el punto de vista de las preocupaciones ciudadanas sino desde el ángulo de los expertos y de la otra agenda dominante : la agenda de los políticos, que incluye de manera particular a los funcionarios públicos (tecnocracia informativa). Esto ha producido indiferencia, alejamiento, cinismo y la conciencia de que los ciudadanos no pueden hacer nada.
Otra de las razones tiene que ver con la inconveniencias del sistema bipolar usado para informar, criticado por Daniel Yankelovich y que ha hecho carrera aún como slogan promocional de algunos medios informativos : suponer que las informaciones solamente tienen dos caras. Una versión y otra que la contradice. Esa es la “objetividad”. Y así se sigue enseñando en algunas universidades. La buena información no es la que atiende a la complejidad sino la que es simplificada en solamente dos versiones contradictorias. Este sería el papel reservado al debate en los medios. Para Yankelovich este esquema deja por fuera las posiciones intermedias que son las de la mayoría de los ciudadanos. La polarización es la que se da entre funcionarios y políticos que defienden sus propias tesis. Ello no contribuye a la formación de lo que él ha llamado “juicio público”, en la cual los testimonios y la descripción de los hechos ocupan solamente una parte y las interpretaciones y argumentos ganan espacios. En la formación del juicio público tienen un mayor peso los valores y la ética que lo estrictamente fáctico o informativo.
Uno de los interrogantes en torno al periodismo cívico tiene que ver con si su papel debe llegar solo hasta la promoción de la deliberación o si debe animar a sus públicos a la acción, en el marco del paradigma de la democracia participativa. Quizás la pregunta lleve en sí mismo un engaño : ¿deliberar no es ya una forma de participación ? La respuesta a esta pregunta nos lleva de alguna manera a intentar definir el modelo de democracia que sustenta al periodismo cívico.
Lo más cercano de la filosofía política a la idea del periodismo cívico es la construcción de la democracia deliberativa. “La noción de una democracia deliberativa está enraizada en el ideal intuitivo de una asociación democrática en la que la justificación de los términos y condiciones de la asociación procede mediante la argumentación y el razonamiento públicos entre ciudadanos iguales. Los ciudadanos en un orden de este tipo comparten un compromiso hacia la resolución de problemas de elección colectiva mediante razonamiento público, y contemplan sus instituciones básicas como legítimas en tanto establecen un marco para la libre deliberación pública” . El periodismo cívico correspondería a lo que el propio Habermas denomina “la organización de una praxis argumentativa pública”.
Recogiendo algunos debates de filosofía política, Anthony Giddens distingue entre la democracia deliberativa y la democracia liberal, de tal manera que parece hacer las mismas diferencias que hay entre el periodismo cívico y el periodismo liberal. Giddens prefiere la expresión de “democracias dialogantes” y se opone a Habermas , en una idea más próxima al periodismo cívico, porque según él en la democracia dialogante no está implícito el propio acto de habla. “Por el contrario, el potencial de la democracia dialogante está en la difusión de la capacidad social de reflexión, como requisito de las actividades cotidianas y la persistencia de formas más amplias de organización colectiva”. La capacidad comunicativa del periodismo cívico tiene un carácter mucho más abierto y menos rígido que el de la comunidad de dialogantes de Habermas, aunque en el prólogo a la edición alemana de 1990 de Historia y crítica de la opinión pública, Habermas corrige en algo esta posición.
El que el periodismo cívico se base en los principios de una democracia deliberativa abierta, considerada por algunos como parte de la democracia liberal, y el que los procesos de re-fundación de la política en el mundo contemporáneo tengan su eje en la dimensión comunicativa, son dos buenos soportes para seguir considerando que más que ante unas nuevas herramientas, estamos frente a una racionalidad periodística diferente. El peso de la comunicación en la construcción de la democracia va siendo reconocido cada vez entre los escritores de filosofía política, así como de modo especial los investigadores de la mediología francesa admiten que la transformación del espacio público político se dio por el advenimiento de los medios y posteriormente por la consolidación de la democracia de masas, aunque en este enfoque es necesario tener cuidado de no reducir la vida pública a los asuntos que pasan por los medios.
Por otra parte, en el periodismo cívico se atenúa la tensión sobre la no necesaria articulación entre deliberación y acción, tensión más propia de la escena política que del escenario de los medios, ya que el compromiso mayor del periodismo cívico es con la deliberación pública. Si ella lleva a los ciudadanos a la acción, es un resultado importante. Para esto hay otras instituciones sociales que, como las organizaciones sociales y cívicas, desarrollan su trabajo en el campo de la acción mediante la introducción de proyectos de todo tipo, en la línea de la construcción de la democracia. El activismo del periodista cívico consiste en promover el diálogo público con estrategias diferentes a la información.
Los propósitos del periodismo cívico giran en torno a la idea de reconectar a los ciudadanos a la vida pública, potenciar la capacidad de deliberación de la ciudadanía, ofrecer información con miras a la participación, apoyar los procesos ciudadanos con un buen cubrimiento y especialmente un adecuado seguimiento, dar elementos para la creación de capital social, al tiempo que pone a los medios en calidad de actores y promotores del diálogo social. Todo ello sin favorecer una solución o un interés particular. De forma particular, distingue entre audiencias y públicos, entre lectores y ciudadanos.
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